Semejantes a Él en su muerte
viernes, 10 de julio de 2026
Oración
Padre, que la gloriosa verdad que me presentas en el evangelio, penetre hasta lo más profundo de mí, haciéndose una verdad total; gracias porque por el poder de tu Espíritu Santo y tu maravillosa misericordia, estoy seguro de que cada día en mí continuas tu obra, por Jesucristo, a Él sea la gloria por los siglos de los siglos, amén.
Lee la Palabra de Dios
“aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” Efesios 2:15-16
Reflexiona
“para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,”, esta expresión es genuinamente maravillosa. Nos lleva a la esencia misma del evangelio, fuimos colocados en un solo cuerpo, una unidad, tal como fue la oración del Señor en Juan 17:21, “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”.
Si meditamos profundamente, vemos que esto no es menor, el evangelio es la invitación a unirse al Señor, a ser uno con Él, a fundirnos en su amor; pero implica participar de su muerte para ser hallados en su resurrección. En Filipenses 3:10 dice “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte”. Ser semejantes a Él en su muerte es en esencia, lo que se nos declara en Romanos 6:6 “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.”
Hermanos, la gloria de la resurrección de Cristo, y por ende nuestra maravillosa unión a Él, la podremos disfrutar en la medida que sepamos, aceptemos y nos consideremos juntamente con Él, muertos al pecado, de modo que ya no presentemos los miembros de nuestro cuerpo como instrumentos de iniquidad, sino que, nos dispongamos a rendir cada día y en cada situación nuestra voluntad a la voluntad de Dios, haciendo morir en nosotros las obras de la carne y presentando nuestros miembros ante Él como instrumentos de justicia para su gloria (Romanos 6:8-13).
Alaba a Dios
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