Despojándonos del orgullo

martes, 23 de junio de 2026

01

Oración

Padre, que mi vida cumpla el propósito para el cual fui llamado: glorificarte. Señor Jesús, te pido que eches fuera de mí todo orgullo y que mi corazón sea un reflejo de tu obra en mí, para que en todo seas exaltado. Amén.
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Lee la Palabra de Dios

“Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave”. Hechos 27:18-19. “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”, 2 Corintios 10:5.
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Reflexiona

Continuando con la meditación de Hechos 27, vemos cómo los marineros del barco en el que viajaba Pablo tomaron una decisión radical para preservar la embarcación: arrojaron la carga, parte del equipo, el bote salvavidas, el trigo y las anclas. Tuvieron que despojarse de aquello que, en medio de la tormenta, se había convertido en un peso que amenazaba con hundirlos.

De la misma manera, el Señor quiere confrontarnos, pues hay cosas de las que también debemos despojarnos: pensamientos, emociones y una voluntad dominada por el orgullo que hemos arraigado en nuestro corazón durante mucho tiempo. Lejos de mantenernos firmes, el orgullo nos conduce al estancamiento y puede llevarnos al naufragio espiritual, como terminó sucediéndole a aquella embarcación mencionada en el pasaje principal.

Por eso, el Señor nos exhorta en 2 Corintios 10:5 a derribar todo argumento y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. Es necesario quitar de nuestra vida aquello que se opone a su voluntad. La vida cristiana no consiste en aprender a convivir con aquello que se levanta contra Dios, sino en derribarlo y echarlo fuera.

Dos ejemplos claros de esta actitud los encontramos en las Escrituras. El primero es el rey Josías, quien emprendió una profunda reforma espiritual al eliminar los objetos dedicados a Baal y a Asera, destituir a los sacerdotes idólatras y destruir los lugares de culto paganos que se habían establecido en Judá (2 Reyes 23). El segundo es Jesús, quien, al ver que el templo había sido convertido en una cueva de ladrones, expulsó a los que vendían y compraban, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas (Marcos 11:15).

Hermanos, ésto debe llevarnos a reflexionar, pues hemos sido comprados por alto precio y nuestra vida debe reflejar la nueva identidad que hemos recibido en Cristo. Así como Josías quitó todo aquello que había contaminado la adoración a Dios y Jesús expulsó del templo lo que no debía estar allí, nosotros también debemos permitir que el Señor quite de nuestro corazón todo aquello que ocupa el lugar que solo le pertenece a Él. No hemos sido llamados a ser una cueva de ladrones, sino templo del Espíritu Santo y morada de Dios. Por eso, pidámosle que eche fuera de nosotros todo pensamiento, emoción, deseo y actitud que no le agrade, para que, despojados del orgullo y de todo peso que nos impide avanzar y amenaza con hundirnos, podamos permanecer a flote en medio de la tormenta y vivir para la gloria de Aquel que nos rescató.

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Alaba a Dios

Alabanza: Despojándonos del orgullo
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